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21 En 2008 

Prólogo

Shinda tuvo claro desde muy temprana edad que, para sobrevivir en un mundo plagado de infortunios como lo era el suyo, tenía que ser fuerte.

La más fuerte, y no permitir que nadie la menospreciase.

Y siempre se propuso serlo, y sobre todo, hacérselo notar a los demás, para que la temieran y respetaran.

Toda su familia había sido maga, y ella no era una excepción. La magia no era la única protección con la que contaba: tiempo atrás se había iniciado en el arte de la lucha, y en cuanto acabó su formación en las montañas, regresó al que había sido su hogar durante los años de su infancia.

La gran ciudad había cambiado mucho, y no le gustaba el cambio.

Antes era más rústica, más fuerte… más salvaje.

Antes las casas eran de piedra arenisca, con tejados de pizarra. Los niños se peleaban en la calle por un mendrugo de pan, y eran duros y fuertes.

Eso estaba bien que hubiese cambiado, pero el resto no.

Las casas eran ahora altísimas, tan altas que llegaban al cielo; hechas con un metal pintado de blanco que probablemente no duraría ni un lustro. Los niños eran unos enclenques que no aguantaban nada.

Después de aquella experiencia, se marchó de allí definitivamente, y no volvió nunca más.

Se puso a trabajar como caza recompensas, trabajo que le era facilitado por su habilidad ambigua, tanto en la lucha como en la magia.

Poco después la contrataron como asesina a sueldo, y ella aceptó de buen grado: le pagaban muy bien, le daban una casa, comida, y sirvientes que hacían todas las tareas de la casa, tareas que ella siempre había evitado.

Pero su vida cambió el día en que conoció a Leiren.

Lo único que nunca había tenido, y lo único que no anhelaba, era lo que nunca conoció.

Una enfermedad más terrible y loca que la más horrible enfermedad: el amor.

____________________________________________________________________________

Capítulo 1 

Shinda espoleó a su caballo, de color negro como el azabache.

Se acercaban a un pueblo pequeño, como a ella le gustaban. Allí le esperaba su próximo trabajo, seguramente tan fácil como los anteriores.

Se relamió al pensar la de cosas que podría comprar por una sola vida.

Siempre había sido contraria a matar, y al hacerse asesina había traicionado todos los principios e ideas que le habían inculcado de niña, pero ella no sentía remordimiento.

Hacía tiempo que había aprendido que los principios no te dan de comer, y no había hecho nada tan grave: había mucha gente con un empleo similar al suyo, y a nadie le pasaba nada.

Así, sin rastro de miedo por el hecho de que alguien le siguiera la pista (más que nada, porque lo ignoraba) se adentró en el pequeño pueblo. 


Era un poblado pobre.

La gente se rompía la espalda trabajando en los campos para tener un plato en la mesa, para ellos y su familia, y luego se disputaban la sangre con los mosquitos en un rincón repleto de heno al que llamaban “cama”.

<Pobres necios…> Se dijo Shinda. <Ignoran que sólo por matar a alguien te pueden dar un montón de monedas.>

Había una casa, sin embargo, que parecía más lujosa, más brillante. Shinda supuso que allí debía vivir su cliente, más que nada porque sus servicios no eran baratos y no creía que unos simples campesinos odiasen a alguien lo suficiente como para contratar a un asesino a sueldo.

Bajó de su caballo de cristal negro y llamó a la puerta con los nudillos.

Le abrió la puerta una mujer.

Vestía de negro, y un pequeño delantal blanco decoraba su falda. Debía de ser una sirvienta.

-Perdón, me gustaría saber si alguien de aquí se llama Leiren- preguntó Shinda con educación, consultando el nombre de su supuesto cliente.

-¿Leiren?- exclamó la criada, extrañada –Aquí no vive nadie llamado así. Ni aquí ni en todo el pueblo- no se acordó de decirle que era un nombre élfico.

-Ah, vale… Perdone las molestias- musitó Shinda, un poco aturdida.

<Que raro… Estoy segura que es aquí.>

No había nada que hacer.

Lo mejor sería salir de ese pueblo dejado de la mano de dios cuanto antes.

Y así lo hizo.

Claro, que no podía sospechar lo que le esperaba en el exterior. De haberlo sabido, se habría quedado allí de por vida convertida en campesina, y lo cierto es que se habría ahorrado una sarta de problemas e inconvenientes. 


Leiren miraba el pueblo desde la lejanía.

Su aguda vista de elfo le permitía ver a largas distancias, y en ese momento vio un caballo negro saliendo del pueblo.

Lo montaba una mujer.

Una joven de unos veinticinco años; de pelo rojizo, largo y recogido en una coleta; los ojos con un destello azul de cielo brillando en medio de una mancha verde oscura, como un bosque alrededor de un lago.

Miró el papel que llevaba en la mano.

Estaba pintado con exquisita delicadeza, y aunque era sin duda una obra de arte, no podía evitar preguntarse por qué.

La mujer era la misma, una tal Shinda que se había permitido a sí misma matar a varias personas con sangre fría a cambio de dinero.

Su trabajo era encontrarla, a ser posible viva, en el peor de los casos y sólo si era estrictamente necesario, muerta; y llevarla al castillo de Zironyel, la capital del reino, donde sería juzgada y castigada, seguramente, ejecutada.

A él, le darían bastante dinero, y saldría indemne: no habría matado a nadie, podría tener la consciencia tranquila.

Se sonrió a sí mismo.

Se había acabado tener que dormir debajo de un puente.

La mujer se acercaba, cada vez más deprisa, lenta pero inexorablemente, encaminándose a la trampa que sería su perdición.

Seguramente ya le habían dicho que en aquel pueblucho no vivía ningún Leiren, y había empezado a sospechar algo, a olerse el peligro en el ambiente.

<Normal.> Se dijo. <Si es tan buena y peligrosa como dicen, es normal que desconfíe si le han dicho que no hay nadie que responda por Leiren. Pero por muy lista, astuta y profesional que sea, no puede escapar de una trampa élfica. Es técnicamente imposible.> Murmuró mentalmente, optimista.

La tal Shinda casi  allí: era el momento de desaparecer.

Se escondió tras unos arbustos, preparado para pasar a la acción.

La mujer detuvo su caballo en la entrada del bosque.

Recelosa, se giró hacia la arboleda, y gritó:

-Quién quiera que seas, sal de ahí o te juro que esconderte en ese bosque será lo último que hagas- dijo.

Leiren no pudo evitar una risita que le delató: Shinda tenía el oído muy fino, y oyó la débil risa provinente de la floresta.

Dio un paso adelante, y en ese momento Leiren musitó un hechizo y el suelo se hundió a sus pies, creando un boquete que se la tragó.

-¡¡Aaaaahhhh…!!- gritó, y su voz se fue haciendo más fina y difusa a medida que caía.

Se oyó un golpe seco, y Leiren salió de su escondite para mirar el hueco del suelo.

Shinda estaba en el fondo, tendida sobre las rocas, desvanecida y con una fea herida en la sien.

Leiren sintió que una gota de sudor le perlaba la frente, y luego otra, y otra.

No quería cargar con una muerte en su conciencia, y esa herida tenía muy mala pinta.

No quería rebajarse al nivel de la persona que tenía que cazar. Había sido un accidente, pero, por suerte, tenía la magia.

Murmuró un nuevo hechizo, y el cuerpo de la chica empezó a elevarse con lentitud en el aire, hasta que surgió del agujero, que se cerró al instante.

Leiren la cogió en brazos como pudo, sin saber que hacer.

<De momento, un conjuro de sueño y uno de curación para esa herida.> Se dijo, tratando de tranquilizarse.

Así lo hizo: primero el de sueño, porque no quería que despertase aún, después el de curación, que borró la herida de la sien sin dejar ninguna cicatriz, tan solo algunas perlas de sangre resecas adheridas al cabello.

Suspiró, aliviado, y le contempló el rostro mientras dormía.

Era hermosa, pero era una asesina, y la belleza no iba a expiar los asesinatos cometidos.

Cogió unas cuerdas de su mochila y la ató de pies y manos, para que no pudiese moverse.

Le quitó todas las armas que llevaba: cuchillos, una espada, un arco y un puñado de flechas cuidadosamente afiladas, botes de veneno…

< ¿Cómo puede llevar tantos botes de veneno?> Se preguntó, impresionado.

Tal vez sería mejor esperar a que despertara para pedirle una explicación de sus actos: tal vez estaba arrepentida, y eso redimiese su condena.

Lo mejor, entonces, sería acampar allí, en el linde del bosque.

Se acercó al caballo de ella y le palmeó el lomo con cariño.

-No dejes que se vaya si despierta, ¿de acuerdo?- le pidió en su propia lengua.

El caballo relinchó a modo de aprobación.

Leiren se perdió en el bosque a buscar troncos y ramas para encender una hoguera para poder cocinar algo y calentarse.

El ocaso ya empezaba a destilar en el cielo entonces. 


Shinda abrió los ojos.

Le pesaban los párpados, como si los tuviese enganchados, y todavía sentía un profundo sopor instalado en su cuerpo, y sin muchas ganas de marcharse.

Intentó mover una mano a la cabeza, para palparse el lugar donde creía haberse golpeado, pero se percató, aturdida y sorprendida, de que tenía las manos y los pies atados, además de que, aunque tenía el pelo sucio de sangre seca, no tenía ninguna herida.

Miró al caballo, que pastaba plácidamente, y le silbó para que se acercara.

-Muy bien, muy bien…- musitó con voz débil -¿Pues ayudarme a levantarme?

El caballo escarbó un poco en la tierra, se dio media vuelta y siguió comiendo con tranquilidad, sin hacer caso de los ruegos de su dueña.

-¡Maldito cuadrúpedo estúpido!- exclamó, exasperada.

-No la tomes con él. He sido yo quien le ha pedido que no te haga caso si tratabas de huir- dijo una voz.

Era musical y clara, como el sonido de un riachuelo de verano.

Se giró como pudo hacia la persona que le había hablado, que era, casi con total seguridad, la misma que le había atado y citado para el trabajo del pueblo.

Tenía el pelo rubio ceniza, corto y alborotado; los ojos grises como la ceniza del fuego apagado; una sonrisa insolente, casi insultante; era muy alto, y tenía las orejas puntiagudas.

-¡Un elfo!- exclamó, riendo ruidosamente -¡Así que como toda la guardia real del rey no logra cogerme, me ha enviado un elfo!

-Tal vez tendrías que arrepentirte un poco: has matado a mucha gente, y sospecho que lo volverías a hacer sin muchos reparos- sugirió él, acercándose.

-¡Ja! Eres estúpido si te crees que te voy a hacer el menor caso. Además, hay muchos asesinos a sueldo sueltos, y a ellos nadie les dice nada. No soy la única asesina del mundo, ¿sabes?- dijo Shinda, sonriendo.

-Eso se lo dirás al rey: yo no tengo por qué hablar contigo, ni escuchar tus blasfemias. Sólo tengo que llevarte a la audiencia real- contestó él.

-Sí, claro. Pues llevas un buen rato hablando conmigo… y con MI caballo- protestó Shinda, poniendo especial énfasis en la palabra “mi”.

-Claro. Ya te he dicho que fui yo quien le dijo que no te ayudara a escapar, Shinda. Un animal listo- sonrió, acariciándole el lomo al caballo, que comía sin preocuparse lo más mínimo del apuro de la que, hasta entonces, había sido su dueña.

Shinda gruñó sin palabras.

-Te aconsejo que hables de forma que se te pueda entender, y que practiques tus modales para tu audiencia con su majestad- comentó el elfo.

-¿Qué te hace pensar que le voy a hacer caso un desconocido, eh, elfo repelente?- preguntó Shinda, sonriendo, burlona.

-Si no me vas a hacer caso, supongo que no querrás nada de comer: si te digo “Come”, y tú aceptas, me estarás haciendo caso, así que…

-¿Quieres callarte de una vez?- gritó Shinda, sintiendo acrecentar su dolor de cabeza. –Eres insoportable.

-Uno de mis muchos encantos- sonrió el elfo, burlón.

-Sí, claro… Conozco a tantas mujeres a las que les guste un elfo idiota, repelente e insoportable… Además de maleducado, claro- dijo ella con ironía.

-Coincido en los tres primeros, pero… ¿a qué viene el cuarto?- preguntó él, solícito y burlón a la vez.

-¿Acaso me has dicho cómo te llamas, sabiendo tú mi nombre?- preguntó Shinda, tajante. 

-Eso ha sido, en efecto, un descuido mío- sonrió el elfo. Hizo una pequeña reverencia burlona, y dijo –Mi nombre es Leiren, para servirte- y estalló en una carcajada.

Shinda le miró, con los ojos destilando furia contra ese elfo impertinente.

-Pues ya que pretendes servirme, podrías soltarme y dejarme ir- propuso Shinda, aunque conocía perfectamente la respuesta: no la dejaría ir. Tendría que escaparse, y, de paso, matarlo y hacerle callar de una vez por todas.

-Te creerás que soy estúpido, pero no llego a tanto- replicó Leiren, mordaz –No pienso dejarte marchar. Tú te vienes conmigo a ver al rey, y luego sólo le corresponde a él decidir tu castigo. Suerte tienes que te sanase la herida de la cabeza.

Shinda comprendió. Tenía el pelo sucio de sangre, porque había estado herida, pero él le había curado.

-Me curaste por tu propio beneficio- escupió Shinda, con desprecio -Me curaste porque es preferible que llegue viva al rey y que él pueda imponerme la condena. No intentes convencerme de que me has salvado la vida cuando, en realidad, me llevas de cabeza a la muerte y la tortura.

Leiren se le acercó, y se agachó a su lado. Le acarició la mejilla, con cuidado, casi se podría decir incluso con cariño. Shinda le mordió la mano y él la retiró, alarmado.

-¿Qué haces?- preguntó Leiren, con calma y sin mostrar enfado.

-No me toques, elfo- dijo Shinda, con el rencor impreso en sus palabras y mucha lentitud, como si hablase con un deficiente, lo cual para ella era cierto.

Leiren la miró un rato, con seriedad, y finalmente, para salir del paso y finalizar la conversación con su prisionera, exclamó, recuperando la alegría:

-Muy bien, tú lo has querido. Te quedas sin comida, ¿quieres eso?- dijo, enseñándole una taza con caldo de pollo caliente.

Shinda giró la cabeza. No quería hablar con ese idiota que se creía quién sabe qué. Ella le daría su merecido y le bajaría los humos a ese gallito.


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